Mi nueva familia

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Tengo diecinueve años, soy cusqueña y estudio relaciones públicas y negocios en Estados Unidos. Este año (2012), por mis vacaciones de verano, llegue a Lima por dos meses, ya que quería ganar experiencia laboral. Pero al final gane más que eso: una familia.

Desde que llegue todos los voluntarios estuvieron dispuestos a hacer lo necesario para que me sienta cómoda y pueda hacer mejor mi trabajo. En los fines de semana –días en los cuales había talleres en Manchay- los chicos y padres de familia que asistían siempre fueron súper abiertos y amigables conmigo, y con todos los voluntarios. Nos recibían con una sonrisa y muchas ganas de ayudarnos a ayudarlos, cada vez que nos encontrábamos.

Mi último día antes de partir para USA, la gente que conocí entre los voluntarios y los chicos de Manchay ya no eran solo conocidos en un espacio común. Ya eran mi sobrino, mi hermana. Mi familia. Todos trabajando por un fin común: un mejor mañana.

Fue una experiencia maravillosa en un proyecto del que siempre me sentiré parte de. =)

Por: Cinthya Bocangel

 


Yo soy yo y mi circunstancia

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Hoy, leyendo a Ortega y Gasset, me sentí muy identificado. Él decía “Yo soy yo y mi circunstancia”, añadiendo “y si no la salvo a ella tampoco me voy a salvar yo”. Pensé en mi circunstancia: la gente que me rodea, mi comunidad, mis ideales, mi historia, mi familia, los niños y las señoras de Manchay, los comuneros alto-andinos, nuestro desigual y paradójico país que se divide en varios países pequeños, mis sueños, mi pasado, mis miedos, mi futuro…

Temo que si no le prestamos la atención que merece, no podremos salvar nuestra circunstancia, y nos quedaremos encerrados en nuestra individualidad, en el patio de nuestra casa. Y no podremos mirar al “otro” –ese que según Octavio Paz nos da plena existencia– y compartir con él,  privándonos de lo único que puede ser encontrarnos con personas de diferentes realidades, con percepciones distintas, de las cuales podemos aprender tanto, con las cuales podemos generar lazos.

Hoy pensé en muchos amigos, que a su manera y desde su cosmovisión, tratan de salvar a su circunstancia. Ponen su granito de arena para que nuestro mundo sea más justo, para sacar adelante a su gente, para regalarles alegrías a niños que tanto las necesitan, para esparcir esperanza. Creo que poco a poco podremos cambiar las cosas. También creo que esas ganas de salvar –o quizá ser salvados por – nuestra circunstancia se está contagiando, y se seguirá esparciendo exponencialmente, hasta que un día todos tratemos, de diferentes formas y con nuestras claras limitaciones, de salvarnos.

 

Por: Juan Diego Calisto

 


Unos y otros

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Unos definen la pobreza como mejor les parece. En base a eso la miden y deciden a quién beneficiar, y con qué dosis.

Otros miden su pobreza por el número de vacas u ovejas. Por cuántas parcelas tienen. Por cuán fértil es su tierra.

Unos van a colegios con educación de calidad. Van en su movilidad escolar y tienen todos los recursos necesarios para desarrollarse como personas.

Otros van a inicial en una comunidad, a primaria en otra, y tal vez a secundaria en otra. Caminan, usualmente, más de una hora para poder estudiar. Van solos. Los profesores –generalmente poco capacitados para su trascendental trabajo– a veces no van.

Unos pueden, con una llamada, tener un patrullero en menos de quince minutos.

Otros, históricamente, se han visto obligados a hacer justicia por sus propios medios. Capturan abigeos, y rateros en general. Lucharon para que terroristas y militares no abusen de ellos. Unos les dicen salvajes.

Unos dicen que los otros son brutos, radicales y extremistas.Que no saben expresarse, ¡en español! No hablan quechua. ¿Para qué sirve ese idioma?

Otros dicen que unos son elitistas, pitucos y racistas. Su idioma nativo es el quechua. Por eso hablan así el español (hagámos el ejercicio de aprender quechua y veamos con qué propiedad hablamos).

Unos entienden el desarrollo como PBI per cápita, exportaciones o quizá inversión extranjera directa. Defienden todo lo que se oponga a que estas variables crezcan, pues el Perú avanza, ¿no está claro eso?

Otros entienden el desarrollo como una relación armoniosa con la Madre Tierra, como ríos y manantes limpios. Como la satisfacción de sus necesidades básicas, siempre respetando su entorno. Cultivar más productos, venderlos. Que sus hijos no se enfermen. Con eso basta.

Unos están lejos de la naturaleza. El sol solo broncea. El agua no escasea, hay piscinas y jacuzzis. Y para que el PBI siga creciendo, hay cerros y ríos disponibles. Lejos, a lo mejor en un lugar donde la gente no los necesita tanto. Y la gente va a vivir mejor. No perderán tierras fértiles. Sus ríos no se van a contaminar. No se van a intoxicar con plomo. No. ¿Acaso no lees los periódicos? El Estado y las empresas se encargan de que eso no suceda.

Otros tienen como padre al sol, y madre a la tierra. Su año nuevo es el solsticio de invierno, cuando se recrea el ciclo agrario en la Sierra. La tierra, con ayuda de la lluvia, les provee sus alimentos.

Unos y otros que necesitan, a partir de encuentros y discusiones, hermanarse. Hacer así del Perú un solo país. Que los otros sean tan importantes como unos. Total, uno no escoge donde nace, ¿o sí?

 

Por: Juan Diego Calisto

 


¿Y si nos iluminamos?

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Veo, con algo de preocupación, que hay algunas palabras y emociones que se nos pueden estar escapando de las manos. Quizá evocándolas decidan quedarse.

La primera es "iluminarse". Pienso en la palabra y me imagino a señoras, amigas y hermanas de Manchay,  que se han criado a sí mismas, sobrellevando abusos y violaciones, penas e incertidumbre. Hoy, cuando converso con ellas, su luz me ilumina.

Recuerdo amigos que han transformado sus tristezas y carencias de la niñez –y algunos, de la adolescencia– en amor hacia el otro, en luz que se recrea en tantas personas, en un saludo con el corazón en la mano, sin importarle el qué dirán.

Niños, que con un abrazo o una sonrisa te recargan e invitan a seguir soñando, a tomar un impulso y volver a intentar, a crear algo que les dibuje –y pinte, también– grandes alas.

Mujeres con mucha luz, que con una sonrisa, un abrazo o un consejo te ayudan a seguir caminando, por este bonito e impredecible camino de barro.

Los veo a todos juntos, como velas que se prenden unas a otras, iluminándose entre ellas, clarificando un sendero a veces sombrío.

La segunda palabra: "amarse". Aparte del amor de pareja, hay también amor en nuestra interacción entre humanos, en las sonrisas de los niños, en un respirar y reconocerse, en los animales en un bosque, en escuchar, o quizá ser escuchado.

Suena algo obvio para algunos, tal vez exagerado para otros. Pero creo que todo se resume en esa palabra: amor. A nosotros mismos, a los niños, a nuestra familia, a nuestros hermanos –de sangre y del andar–, a nuestro país, a nuestra tierra.

Miedos y mucho respeto a un sentimiento que está en nuestro día a día, y que a veces optamos por no verlo, o cambiarle de nombre, para disminuirle el tenor.

Entonces, ¿y si nos iluminamos?

O mejor aún, ¿qué tal si también nos amamos?

Muchas cosas cambiarían. Quién sabe, podríamos llegar a ser una familia, un país, a lo mejor, un mundo.

 

Por: Juan Diego Calisto

 

 

 

 

 


Desarrollo sectorial vs nacional

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Luego de la presentación de las psicólogas de la PUCP, me quedó claro que no sé, pero que aprendo. Sin embargo, tengo un par de sensaciones claras: que no se puede discernir adecuadamente si no existen modelos claros de justicia, y que el desarrollo colectivizante es lo menos adecuado cuando es excluyente. En el primer caso, al no existir administradores consistentes de justicia, no se puede tener claro qué decisiones y actos son aceptables o correctos. Es decir, la idea de autoridad durante el desarrollo no ofrece modelos consistentes ni adecuados.

En segundo término entra a tallar la individualización de cada uno o la pérdida de ella. La masificación de la estructura educacional, de las conductas, de los hábitos, no toma en cuenta las necesidades y limitaciones del individuo; por tanto, éste se frustra, se rebela. Entonces, el desarrollo debe ser consecuente con las carencias y entorno de cada uno.

Por último, y como no me puedo quitar esta mala manía de escribir sin buscar sonar, esto se me ocurrió junto con lo anterior:

Sudor que le quitas piscinas a la sangre

En un cuarto hubo lluvia,

nos mojamos todos juntos como nacidos.

Llovió verdad

para la cual el alma no tiene salvavidas,

es decir,

nos mojamos de adentro.

No es lo mismo escuchar decir que a Susana le duelen los minutos

que haber dolido uno de esos minutos con Susana.

Cuando un niño duele, se llena de años

y nos lleva consigo.

 

 

Por: Wilson Cabrejos

 

 


Entre tener / entretener

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Hoy el Banco Mundial publicó un nuevo estudio sobre pobreza en América Latina.

Hoy hay sol en Lima y Billie Holiday canta en mi oído

You can't lose a broken heart.

Pobre Billie, se murió cuando aún la pena.

le daba alpiste al pajarito de su voz.

Pero cómo leer un estudio sobre pobreza cuando aquella mujer

deja caer toda el agua de su voz sobre la sed.

Los niños de arriba guardan centavos de nube para comprar pan

y a mí se me hace tan urgente subir el volumen de la radio.

 

Nota sobre el poema:

Cuando la pena nos habla con toda su fuerza, sentimos la necesidad de callarla. Para eso tenemos el entretenimiento. En contrapeso existen organizaciones como Ruwasunchis, para hablar más alto que el confort y no dejarnos desviar la mirada frente a la necesidad. Esto lo escribí mientras trataba de escapar de un reporte sobre pobreza en América Latina (a veces es necesario entrar en conflicto para cambiar de mentalidad).

Por: Wilson Cabrejos


Pequeños duendes

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Pequeños duendes que corren,

lían entre sus manos,

ahondan  en tu  mirada y te regalan una sonrisa.

Las fábulas  que inventamos siempre nos mantienen despiertos tratando de no perder tiempo, porque la percepción que desde esas sillas, hechas a medida de aquellos que sueñan cada fin de semana  con una nueva aventura y una nueva compañía cargada de juegos y actividades que siempre levantan el ánimo, dura un segundo.

Lo único que tenemos asegurado es nuestro tiempo, valioso y entregado a ellos. Cada semana es un paso hacia adelante, un esfuerzo compartido y una reflexión para cambiar una realidad lejana para muchos y posible para nosotros.

Somos grupo que busca, intenta y logra un desarrollo posible al alcance de aquellos cuyas realidades golpean la esencia del ser, de la vida y de lo que “no está permitido”.

Mi felicidad compartida se proyecta en el cambio que habita en las alturas de una panorámica heterogénea que a veces se pierde con el ruido de la ciudad y las voces que nunca llegan.

 

Por: Esther Gómez

 

 


 


La felicidad por una simple sumatoria

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Nada me preparó para esto. Al terminar la clase sentí que me llevaba algo inmerecido, un saber ajeno. Bajé pensando que la alegría equivale a un niño con las manos siempre llenas de polvo, de ternura, con los antebrazos dispuestos a caer, a levantarse; la felicidad por una simple sumatoria, sería un ramo de niños con la risa manchada hasta el ayer, rectificándolos en el dolor y la carencia. Este tipo de revelaciones te crece como un árbol en medio del entendimiento, y te hace sentir como un invitado más que se llevó de la fiesta a la novia, los diplomas. Más de lo que debía.

A mis 32 años un grupo de niños le enseñó a su profesor de ciencias que estaba errado, que al menos esta ley necesita una revisión inmediata, que para reír hay que buscar un jardín cerca, untarse las manos de tierra, luego ensuciarse la camisa, y jugar.

 

Por: Wilson Cabrejos

Profesor voluntario del taller de Ciencia - Proyecto Plataforma Cultural

 


Un viaje para poder estudiar

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“Camino dos horas para llegar a mi colegio”, me dijo Yulissa, una dulce niña de 10 años que encontramos  en una trocha en la localidad de Coyabamba, en Apurímac. Ella, tomada de la mano con Jimmy, su hermanito de 5 años, nos pidió que la acerquemos a su escuela. Parecía más una madre que una niña, dadas las responsabilidades de caminar sola una hora, cerciorarse de que su hermano entre a su centro educativo, y continuar caminando por otra hora hasta llegar a su escuela –no pueden asistir al mismo centro porque al que asiste Jimmy solo tiene hasta educación primaria–, para luego de la jornada escolar, emprender el largo camino de retorno–Jimmy como sale antes, y conoce el camino, regresa solo–.

Les dimos un aventón –regresaba en una camioneta con unos colegas, luego de tener reuniones de trabajo en comunidades campesinas de Apurímac– y pudimos charlar un poco: Jimmy me contó que le gusta pintar, y Yulissa lo confirmó afirmando que su hermano dibuja muy bien, y que cuando pinta no se sale de la raya–tuve que confesarle que yo a veces me salía de la raya, Jimmy sonrió tímidamente–. Luego, como un adulto, se bajó del carro, cargó su mochila en los hombros, y caminó hacia la plaza del pueblo. Seguimos por unos veinte minutos y dejamos a su hermana en su escuela.

Mientras nos alejábamos, pensaba, con cierta frustración, en los problemas que urgen atender en el sistema educativo: niños que tienen que caminar dos horas para poder estudiar  –no entiendo por qué el municipio local no alquila un bus para trasladarlos a su centro educativo –; profesores que usualmente no son pagados a tiempo –esto me lo confesó un profesor de la localidad–; planes de estudio que no se adaptan a las necesidades locales  –faltan materiales de calidad en Quechua –; profesores que no cumplen con lo necesario, tanto cognitiva como emocionalmente, para poder educar y brindarle alas a los niños.

Es verdad que tenemos que mejorar nuestro nivel de matemáticas, que según la Evaluación Censal de Estudiantes 2011, elaborada por el INEI, un 13% de los alumnos de segundo grado de primaria alcanzó el nivel esperado. También es cierto que en lo que respecta a comprensión lectora, debemos superar considerablemente el 30% obtenido en el 2011.

Pero la verdad más evidente –y urgente, sumamente urgente– es que si no se abordan los problemas mencionados de manera integral, complementándolos con proyectos tanto de desarrollo económico  –que incremente el nivel de ingresos con capacitaciones que les permitan emplear las ganancias en beneficio de su familia – como social  –reducir la desnutrición crónica, las enfermedades respiratorias, la violencia familiar, entre tantos otros problemas latentes – seguiremos estancados, o mejor dicho, los niños de nuestro Perú, esos que viven en comunidades campesinas o nativas , seguirán estancados, y no podrán tener el presente y futuro que tanto merecen. El PBI crece, las exportaciones también, pero nuestros niños también tienen derecho a crecer, en todo sentido.

 

Por: Juan Diego Calisto

 


En Manchay me quedo :)

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Era mayo del 2011, cuando vi en la página de Fundación Telefónica la convocatoria al Concurso Gentes Brillantes. Este concurso dirigido a voluntarios Telefónica, busca hacer realidad los sueños de tener un mundo mejor, premiando con financiar aquellos proyectos que contribuyan a mejorar la calidad de vida y dar mayores oportunidades a los menos afortunados en nuestra sociedad.

Siempre quise hacer realidad la idea de poder ayudar aquellos niños, que tienen que dejar sus juguetes y muchas veces la escuela por trabajar y ayudar a papa y mamá a ganar dinero para poder mantener el hogar; quería ayudarlos pero no dándoles algo que al cabo de un tiempo se termine sino algo que nadie les pudiera arrebatar: soñar y poder generar sus propias oportunidades de desarrollo…pero sabía que sola no podría hacerlo.

Recordé al ver el email, aquellos proyectos  que Martín me contó una vez cuando estaba en Brasil: La Plataforma Cultural, proyecto que busca potenciar capacidades artísticas, culturales y creativas en los niños del AAHH San Pablo Mirador en Manchay, por medio de talleres culturales como música, kirigami, dibujo y pintura, creación literaria, teatro, danza, fotografía; los mismos que son dictados por un grupo de jóvenes voluntarios motivados por la idea de poder generar un cambio.

El otro Proyecto Jóvenes Ciudadanos, está relacionado con desarrollar capacidades personales y profesionales, en los jóvenes de Manchay para que puedan desenvolverse en el mundo laboral, teniendo primero una experiencia como aprendices en algunas de las empresas de nuestro país.

Mientras leía cada vez más el email y anotaba los requisitos que debíamos cumplir para poder participar y presentar estos proyectos, imaginaba a aquellos niños con una sonrisa en el rostro al saber que el aprendizaje no sólo se reducía a las matemáticas y a la comunicación, sino que también había un mundo cultural y artístico muy emocionante por explorar, al cual no habían podido acceder, pero que por medio de estos talleres iban a empezar a conocer y hacerlo suyo.

También imaginé aquellos jóvenes que empezaban a creer en la idea de que  tener una fuente de ingresos diferente a la de sus padres era posible, que no sólo podían desempeñar oficios honestos como carpintería, albañilería para poder vivir ó mejor dicho subsistir, para no caer en la delincuencia, las drogas y el alcohol; sino que también podrían desarrollar las competencias que todo profesional tuvo que desarrollar para poder hoy estar sentando en donde está.

Entonces decidimos participar, y nos dimos cuenta que no éramos los únicos “locos” en el Perú que pensaban en dedicar tiempo, conocimientos y esfuerzo, a aquellos catalogados por el INEI como personas en condición de pobreza, aunque a mi parecer no creo que esté bien utilizado el término. Es cierto que sus condiciones de vida están por debajo de lo aceptable para vivir pero ¿podríamos llamar pobres a aquellos que sin conocerte te reciben con mucha alegría?, ó  a ¿aquellos que sólo necesitan que volteemos a mirarlos y darles las herramientas necesarias para poder cambiar su futuro?

Los invito a unirse al Equipo pero les tengo que decir que si se atreven, corren el riesgo de querer quedarse.

 

Por: Cynthia Cubas

 


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