
Veo, con algo de preocupación, que hay algunas palabras y emociones que se nos pueden estar escapando de las manos. Quizá evocándolas decidan quedarse.
La primera es "iluminarse". Pienso en la palabra y me imagino a señoras, amigas y hermanas de Manchay, que se han criado a sí mismas, sobrellevando abusos y violaciones, penas e incertidumbre. Hoy, cuando converso con ellas, su luz me ilumina.
Recuerdo amigos que han transformado sus tristezas y carencias de la niñez –y algunos, de la adolescencia– en amor hacia el otro, en luz que se recrea en tantas personas, en un saludo con el corazón en la mano, sin importarle el qué dirán.
Niños, que con un abrazo o una sonrisa te recargan e invitan a seguir soñando, a tomar un impulso y volver a intentar, a crear algo que les dibuje –y pinte, también– grandes alas.
Mujeres con mucha luz, que con una sonrisa, un abrazo o un consejo te ayudan a seguir caminando, por este bonito e impredecible camino de barro.
Los veo a todos juntos, como velas que se prenden unas a otras, iluminándose entre ellas, clarificando un sendero a veces sombrío.
La segunda palabra: "amarse". Aparte del amor de pareja, hay también amor en nuestra interacción entre humanos, en las sonrisas de los niños, en un respirar y reconocerse, en los animales en un bosque, en escuchar, o quizá ser escuchado.
Suena algo obvio para algunos, tal vez exagerado para otros. Pero creo que todo se resume en esa palabra: amor. A nosotros mismos, a los niños, a nuestra familia, a nuestros hermanos –de sangre y del andar–, a nuestro país, a nuestra tierra.
Miedos y mucho respeto a un sentimiento que está en nuestro día a día, y que a veces optamos por no verlo, o cambiarle de nombre, para disminuirle el tenor.
Entonces, ¿y si nos iluminamos?
O mejor aún, ¿qué tal si también nos amamos?
Muchas cosas cambiarían. Quién sabe, podríamos llegar a ser una familia, un país, a lo mejor, un mundo.
Por: Juan Diego Calisto